La venganza de los perros


 La venganza de los perros

Martin Pajuelo
Se llaman Campeón, Cetálea, Dunga, Puka, Pacha, Lunareja, Sansón y Dalila. Campeón es el producto de un sofisticado mestizaje, mezcla de dálmata con boxer. Precioso. Tiene la elegancia de una raza y la fortaleza de la otra. Parece un caballo salvaje cuando corre conmigo por la orilla de este mar con derrames de petróleo que le deja a uno la piel marcada con diminutas manchas negruzcas. Como un dálmata. Es al único al que puedo sacar a correr conmigo por la playa, es el único que me obedece y me sigue a donde vaya y se divierte jugando con cosas simples como un palo, un trapeador o una pelota desinflada. Si a cualquiera de los otros les abro la puerta, parten la carrera y no vuelven más. Campeón, en cambio, es buena gente y no se le abalanza a los pescadores, que esconden su par de mojarrillas y se acurrucan temblorosos cuando lo ven. Cetálea es extraña. Blanquísima como una paloma. Gran Danesa blanquísima, casi albina. Los ojos rojos como los de un conejo. Parece tranquila, está todo el día tirada panza arriba, abierta de patas como una puta vieja y aburrida, indiferente a las moscas que le caminan por encima. Parece tranquila, pero, en realidad, es una fiera. Fue ella la que cazó al pobre gatito rayado al que despedazaron hace unos días. Yo la vi. Fue ella la que lo persiguió y lo cogió del cuello. La cabeza entera del michifuz daba sus postreros maullidos dentro de las inmensas fauces de Cetálea, mientras los demás perros se disputaban con ella la presa, a punta de feroces mordiscos. Estaban hambrientos. Ese día, el encargado de cuidarlos había olvidado servirles su diaria ración de Purina y estaban ciegos, enloquecidos de hambre canina. Nunca antes había sido testigo de una escena tan brutalmente violenta como esa. El infortunado minino quedó regado en pedazos sobre el asfalto del patio, convertido en una absurda plasta sanguinolenta que ni siquiera se comieron. Lo mataron por las puras, por joder.
Dunga, en cambio, es absolutamente negro. Negrísimo como un escarabajo. Como un cuervo. Como las interminables noches de esta playa abandonada. Es el monstruo más negro del mundo. Su paladar, su lengua, sus ojos. Todo en él es negro, negro, negro. Y es un monstruo, claro que es un monstruo. Inmenso y peludo como uno de esos gigantescos peluches importados que cuestan cientos de dólares que es, más o menos, lo que debe costar él, que es un chow chow con certificados de pedigree y todos sus papeles en regla. Es un chow chow y podría ser hermoso, pero es feo. Nadie lo baña, nadie lo cepilla y su pelambre apelmazada y desteñida por el sol luce permanentemente mojada por las babas de sus compañeros, que se cansan de morderlo en vano, porque nunca consiguen llegar hasta su piel y hacerle daño. Dunga es negro, grande y pesado, pero no es malo. A veces, me siento en las gradas y lo quedo mirando y él se da cuenta, y voltea de rato en rato a devolverme la mirada, y luego se hace el idiota. Lo sigo mirando y él apoya la cabeza en el piso, soñoliento, se hace el dormido. Entonces, comienzo a hacer ruiditos con la boca, como quien le manda besos volados y susurro su nombre, y él se levanta y viene caminando hacia mí todo rumboso, achorado, quimboso y se planta muy cerca en posición de firmes, junta las patas delanteras y me comienza a lamer la mano blancona con su lengua negra. Dunga. Me gusta cómo suena su nombre de tambores africanos. Dunga, Dunga, Dunga.
Encerrados casi todo el día, por belicosos, Puka y Pacha son una pareja de viejos bóxers que, sin embargo, son muy afectuosos con la gente. Bueno, con casi toda la gente. A los únicos que odian a muerte es a los pescadores. Las pocas veces que han conseguido escaparse hacia la playa, han desencadenado un estallido de terror, un pánico generalizado. Salen gruñendo enfurecidos y se abalanzan contra los pescadores que, con sus esposas, con sus hijos y -a veces- hasta con sus perros carachosos, se pasan la vida sentados en la arena, esperando que el mar se digne regalarles cualquier cosita con qué estafar a sus tristísimos estómagos. Apenas los ven, Puka y Pacha los atacan sin piedad: que sean hombres, mujeres o niños les da lo mismo, los persiguen y los persiguen hasta que los alcanzan y les asestan cuatro o cinco terribles dentelladas que les dejan salvajes heridas abiertas como rosas rojas. Heridas que duelen el doble por la acción de la sal. Antes, los pescadores se salvaban metiéndose al mar. Ahora no, ahora Puka y Pacha se zambullen también sin el menor miedo y los persiguen a nado hasta que logran atrapar un hombro, un cuello, un tobillo, cualquier presa, y la lucha cuerpo a cuerpo dentro del agua se torna más dramática todavía, la espuma amarillenta de las olas se tiñe de sangre, como cuando arponean a los bufeos mar adentro.

Pero tanto odio contra los pescadores no es gratuito. Hace cosa de cinco años, para poder instalarse tranquilos frente a esta casa, sin que nadie los molestase, los viejos lobos de mar se pusieron de acuerdo para eliminar a Hércules, otro bóxer, el padre de Puka y Pacha, que se pasaba la vida ahuyentándolos con sus broncos ladridos. Hicieron una colecta para poder comprar un poco de carne de res y un par de sobres de veneno para ratas, y le ofrecieron cruelmente aquel bocado. Una mañana, el cadáver de Hércules apareció en la arena con la boca llena de un líquido espeso y grotesco. Desde entonces, sus jóvenes hijos han jurado venganza y, no sé por qué, creo que un día van a cumplirla. Una madrugada, cualquiera de estos muchachos escuálidos y renegridos, que consumen su existencia aferrándose a su estúpido nylon con una mano y fumando cigarros negros con la otra, aparecerá tirado en la orilla como un náufrago. Frío e inmóvil, con las ropas miserables hechas tiras. Enredado en sus propias redes y cordeles. Con los ojos blancos como un pescado hervido y el cuello abierto, de oreja a oreja, cual si hubiera sido atacado por un tiburón. Esa madrugada se hará justicia, si es que existe la justicia entre los perros.

Lunareja es una dálmata pequeña, tonta y buena, que no alcanza a entender qué hace viviendo entre tanto gigante. Y tal como me pasa con mucha gente, sobre ella, la verdad, no se me ocurre qué escribir. ¿Qué se puede decir sobre una dálmata con un nombre tan obvio? Solo eso, que es un animalejo pequeño, tonto y bueno. Como mucha gente. Sansón y Dalila, en cambio, son dos cachorros enormes y geniales. Son dos viejos pastores ingleses. Se llaman así aunque sean recién adolescentes: Old English Sheperds y, tal como ocurre con Dunga, podrían ser dos ejemplares excepcionalmente bellos y admirables, pero la soledad y el abandono los vuelve feos y oscuros a todos. Y también el encierro, porque este par de lanudos pastores se la pasan aullando y aullando en la ilusión de que los liberen de esas jaulas en las que los tienen como si fuesen canarios. Parte el alma escuchar sus lamentos, verlos caminar en círculos, desesperados dentro de esos atroces cubículos de malla metálica que encierran también a una pareja de tigrillos, chillones guacamayos, plomas palomas y unas desconcertantes gallinas dizque exóticas, que -según dicen- son carísimas porque tienen un penacho blanco en la cabeza y el pescuezo rojo y pelado, como si las hubiera atacado alguna extraña enfermedad.
Parte el alma verlos en su cárcel, mas se me ha advertido, con severidad, que jamás los deje en libertad mientras las otras fieras andan sueltas: Dunga, Campeón y los bóxers cumplen religiosamente, como suele ocurrir con los presos, un riguroso horario de paseo para que nunca se vayan a encontrar, cara a cara, con los pastores. Pero es una mañana calurosa y espléndida y, dentro de su cárcel, Sansón y Dalila se revuelven como demonios embotellados. Se lanzan contra las rejas, rugen, gimen, enloquecen y yo intento seguir escribiendo, indiferente a su tragedia, pero es inútil, esta vez han echado mano a una nueva estratagema. Han iniciado, en la jaula, una espantosa batalla campal. Y a pesar de que son hermanos y amantes -está muy bien visto entre los perros-, y a pesar de que se aman con pasión animal, han apelado a la violencia extrema como último recurso en pos de la imposible libertad. Alarmado, salgo corriendo a ver qué pasa y compruebo, con temor, que se están matando. Tengo que sacar por lo menos a uno, tengo que separarlos, meterlos en jaulas diferentes. Entonces, caigo redondito y abro la jaula. He mordido el anzuelo. En perfecta sincronía, los dos pastores se abalanzan contra la puerta, me tumban de espaldas en el barro y se escapan a toda carrera. Todos los demás se ponen en guardia, se encrespan, adoptan aterradoras posiciones de ataque en medio de un escalofriante concierto de gruñidos. Es la guerra. Campeón, Cetálea, Dunga, Puka, Pacha, Lunareja, Sansón y Dalila se lanzan todos contra todos en una asonada suicida. Se trenzan en un solo amasijo incomprensible, ruedan por el polvo, produciendo un macabro alarido que parece la voz ultraterrena del fiero ser mitológico en que acaban de convertirse: Cerbero, el perro de las siete cabezas que custodia las puertas del infierno. Aturdido, agarro un palo de escoba y me lanzo contra el torbellino, trato inútilmente de detener a palazos la inminente masacre, pero estoy peleando solo y esta es una batalla que no es mía. Poco a poco, las fuerzas me abandonan. Como en las pesadillas, mis golpes no consiguen causarles el menor daño. En cambio, algunas de sus mordidas y zarpazos sí me alcanzan. No hay nada qué hacer, soy minoría. Y lo peor es que han detectado, de inmediato, el mediocre olor del miedo humano. Ahora han dejado de pelear entre ellos. Ahora sus miradas son de odio. Y me están mirando a mí. He caído en su trampa como un animal. Es la venganza de los perros.

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