corazón de calzada


Alguna vez las escuché mientras me arrancaban del calor de mamá, esas palabras; las escuché y aun las escucho dentro de una puerta de tiempo que de vez en cuando se abre «¡no lo besen mucho!», «¡no lo engrían, que es un hombre!», esas viejas palabras de negación, las viejas palabras que están en mi yo ya hombre, en mi actual negación, en mi instinto de conservación; las palabras que en un vértigo de miedo, risa y estupidez olvidé.

-(El hombre abre la puerta, lo invita a pasar, él entra tímidamente.)

Mi infancia fue un páramo en lontananza, un vaivén de amigos y adioses, y las legumbres del lunes para la buena suerte; de la primaria, periplo de sotanas y soledades, a la secundaria, intento de fuga que se quedó en el intento. Todo marchaba con su natural calma y tempestad hasta el impreciso día que la voz de mamá me presento por primera vez una incertidumbre «nos vamos a vivir a Arequipa». Y fue así, la quietísima Arequipa tan arraigable, me desarraigó; del Cusco sólo me quedaron algunas imágenes, los parientes, las llamadas telefónicas, y por supuesto algunos reencuentros.

-(El hombre saca dinero de su billetera «¿quedamos en doscientos verdad?» se los entrega, él los recibe con un temblor de manos.)

El recuerdo es un vale para resarcirse del pasado, si ese año en que mis padres decidieron que terminase el colegio en el Cusco fue el más feliz o si yo lo recuerdo así, qué más da, la arbitrariedad me está permitida y siento que mi lugar en el mundo estuvo ahí, junto a mis amigos, fumando los primeros cigarrillos, esperando a la vera de las estrellas: la noche, el alba o la vida. De aquellos días me persigue alguna nostalgia, algunos recuerdos; recuerdos que se van envejeciendo y se van transformando dejando una estela inconsistente; pero también arrastro la constante y renovada amistad de Esteban. Esteban y yo fuimos compañeros en el colegio, teníamos en común la fascinación por la misma música y el desprecio por las mismas personas, elemento esencial de la amistad, puede que no compartamos todos los gustos pero coincidíamos en animadversiones. En cuestión de carácter éramos de lo más distintos: él, cínico, ventoso, critica y avienta; yo, tímido, rugoso, calla y espera. Esteban tenía una bomba siempre a punto en la punta de la lengua, la frase zancadilla, el epíteto malsano, presto y dispuesto a la mofa descarada del provincianísimo gusto por la autocomplacencia de pretender cosechar lo que no se á sembrado; yo más que su cómplice era el testigo de sus pillerías. A él le esperaba su Lima y sus oportunidades en salsa gris, a mí, empujar la piedra consuetudinaria (la universidad) en un exilio no obligado pero tampoco deseado. Volvería a Arequipa.

-(Las luces de la noche que se filtraban por la ventana lo distraen, el hombre hace una seña con las manos (traza un círculo imaginario).)

Cayeron inertes los primeros meses en la universidad con todo ese compendio de naderías tan propias de la educación superior, que tiene poco de educación y nada de superior, ya me estaba fabricando el terno gremial, pronto sería productivo y competitivo, gerencial y ganador, así tenía que ser, así conseguiría desempeñar un papel digno en el baile de máscaras que es la sociedad peruana; mas aun no era tiempo de pensar en eso porque había un viaje en perspectiva, octubre se vestiría de reencuentro: el Cusco y Esteban, los boletos y las confirmaciones decían que sí.

-(El muchacho obedece al gesto y se da vuelta, tiembla inconteniblemente, el hombre le pregunta si se siente bien.)

Algunos reencuentros suelen ser decepcionantes, el nuestro no lo fue, era como si el tiempo no hubiera hecho su labor de devastación, sólo pasaron unas horas de buena conversación y me propuso sus planes «el 31 de octubre es el día» decía. A él le faltaba un cromo en su álbum anecdotario y, aunque fui muy enfático en negarme, me asedió su insistencia:

-Te estoy proponiendo algo que nunca en tu puta vida vas a hacer y no se trata de ninguna mariconada, hay que tener huevos para atreverse.

-La verdad…. me da un poco de roche.

-¿Roche? no me vengas con huevadas, por qué te va a dar roche si es una expresión artística como cualquiera, estamos descubriéndonos, estamos explorando nuestro lado femenino, además vas a poder entrar al baño de mujeres, vas a ver como pichinan, vas a verles la chuchita.

-Eres vulgar hasta para mí.

Vulgar o no, la idea me calentaba el estómago y para justificar un deseo sólo basta una tontería.

-(No se podía sentir peor, «¿Qué estoy haciendo?» Esa pregunta, boba, repetitiva, sin respuesta; le machacaba las sienes.)

«Y, ¿esto cuánto cuesta?» preguntó Esteban, «es de mujer» contestó la vendedora, la respuesta hizo que rabiara, «¡no le estoy preguntando si es de mujer, le estoy preguntando cuánto cuesta!», la mujer nos dio la espalda «¡Gente de mierda!, ni por vender te tratan bien». Esteban, que tenía un gusto irreprochable, se detenía, se peleaba, maldecía, todo para escoger melindrosamente nuestro vestuario.

-Ya tenemos el vestido, las pelucas, el maquillaje, sólo nos falta los zapatos.

-Para qué zapatos, con nuestras tabas nomás, ¿dónde vas a encontrar zapatos de mujer talla 45?

-¡No seas cholo!, aunque sea las mando a hacer, o quieres ponerte vestido con tus zapatitos negros calzado escolar.

-Eres peor que una mujer, nunca he visto a alguien tan quisquilloso.

-Si vas a hacer algo hay que hacerlo bien ¿no? Si un día vas a dejar que te cachen tiene que ser la mejor pinga ¿o no?

-¡Calla huevón! Por qué te gusta hablar esas huevadas en la calle

-En la calle o en donde sea, total estoy hablando de mi culo, no del de ellos

-Puta madre, a veces me avergüenza andar contigo

-Ah, me olvidé que tú también eres papachito nomás

-(El muchacho asiente con la cabeza, oye un ruido metálico a sus espaldas, dentro de sus tripas percibe un gorjeo atónito: la imperiosa necesidad de vomitar, pide permiso para ir al baño como si estuviera en el colegio, el hombre le señala la puerta con la cabeza.)

Quitamos al “Gran hermano” de la televisión y pusimos al gran Calamaro en la compactera, ya no había marcha atrás, con un suspiro a modo de manos a la obra empezamos, nos acompasaba el “rip” chusco de un rock and roll desgarbado: «hoy si que me cago en todo, nada me puede importar…» Esteban, pulso de artesano, ojo que no parpadea; pintaba algo ignoto en mi boca, mis párpados y mis mejillas, «…porque me quedé tan solo que no existen los demás…», ya no escuchaba su explicación de por qué cada color, cada sombra, me dejé ser lienzo sumergido en la mar calma de la vanidosa desidia (¿así que esto sienten las mujeres?), «…no tengo ni donde caerme, nadie va venir a verme…» a ponerse el vestido, bienvenido al vértigo, «…los potros están echando espuma, pluma mental animal…» el material, las formas, los olores, los colores, la sensación de sentirme entallado, el cuerpo moldeado, embrujado por la ropa, nada se parece a esto, «…Nada me importa más que lo que hay en la mesa y podría ser peor…» ahora la peluca, si me viera mi madre se muere, aunque siempre quiso una mujercita. «…Si nadie me cuida y estoy solo, me queda poco gas en el motor…» ¡Ahora sí, no soy yo!, soy una mujer que sacude sensualmente la peluca, ¡un espejo más grande!, «…Me quiero poner a cantar: Hoy me cago en todo…», corrí al cuarto de al lado donde había un espejo de cuerpo entero, al mirarme se apoderó de mí una soterrada vanidad, «…pero me cago en todo por amor…» me veía mejor que Esteban, en conclusión: me veía bien.

-Te ves soberbia, si hubieras nacido mujer ya habrías tenido el altísimo honor de probar mi pinga.

-Sueña nomás, en realidad estoy rica ¿no?

-Pretenciosa la putita, ¿quieres algo para los nervios?

-¿Hierba?

«…Ni hablar de la cabeza, casi no siento terror…»

-Sí- Esteban, mirándose al espejo se cogía los testículos- debe ser de puta madre cachar con este vestido puesto.

«…Vivir así de desgraciado, no me deja otra solución…»

Ya era hora de salir, pero hay formalidades que respetar. Convenimos en bautizarnos. «…Qué finita es la frontera, entre la angustia y la felicidad…»

-Yo te bautizo como Madame Bovary la puta serrana más cachera de todas.

-Yo te bautizo como Desdémona la negra chalaca más chupapingas.

«… ¿Dónde mierda está el amor?…»

Nos tomamos unas fotos, «… ¡somos la aristocracia de la desgracia!…» fumamos lo que teníamos que fumar, quitamos la canción «….» y salimos hechas unas locas a pasarnos la vida por los ojos.

-(En el baño, sin pensar en nada o pensando en todo a la vez, el muchacho decide hacerlo, respira hondo, se arma de valor y abre la puerta, el hombre lo mira, la convicción se le esfuma.)

Sonaba un “beat” enardecido, la música electrónica vibraba como el sístole y el diástole de un animal próximo a la muerte, mientras la repetitiva artimaña multicolor de las luces castigaba inmisericorde la penumbra. Desdémona y Madame Bovary encontraron ideal el vértigo de esa discoteca viciosa y cosmopolita, en un barrio que se bifurca, casa a casa, entre lo mundano y lo aldeano. Sobrevino la desvergüenza, ellas, noveles en estas aficiones quisieron imponer su presencia a las demás Drag queens. Un hombre muy apuesto disfrazado de ángel invitó a Madame Bovary a bailar, Desdémona se alejó coqueteando con el ángel: «pórtense bonito», se fue como volando mandando un beso volado. El ángel le invitó una copa, ella aceptó.

-¿Cuál es tu nombre?

-Tú puedes llamarme Madame Bovary.

-¿Así? ¿Como la de la película?- preguntó el ángel.

-Sí, sí- contestó ella con una sonrisita socarrona- como la de la película.

El ángel, hablaba tratando de impresionarla, ella bailaba sin mirarlo, presa de la dictadura de los espejos, de vez en cuando deslizaba alguna frase sutilmente ingeniosa que desconcertaba al ángel.

-Eres la mujer más fascinante que he conocido.

-Fíjate que ni siquiera soy mujer- repuso con sorna.

-Bueno yo tan poco soy un ángel.

Madame Bovary se rió de buena gana, era lo mejor que había escuchado en la noche. Buscó con la mirada a Desdémona, la vio con una bella rubia en un colorido derrotero hacia el orgasmo, el beso adentrado, lascivo, el mañoso trajín de las manos, era una escena de perturbadora irrealidad. Al pasar de las horas el ángel expandió el radio de sus palabras: comenzó a hablarle de amor; ella por primera vez fue conciente de lo convencionales que son los hombres en sus intentos de consumar la noche, se mantuvo impávida con una seguridad tan diferente a su otra vida, mas el ángel no capitulaba, no menguaba su fervor nocturno, pero llegó Desdémona al rescate, apareció embriagada de todo lo que la noche le dio a beber; se había olvidado del personaje que representaba y hablaba como un hombre montuno: «¡no te imaginas lo rico que es cachar vestido de mujer!» Madame Bovary se despidió del ángel con coqueta indiferencia, este insistía suplicante que le dé su teléfono, ella le dijo: «dame tu e-mail y después vemos».

-(«¿alguna vez lo hiciste por dinero?», el muchacho niega con la cabeza, «¿lo hiciste con un hombre?» el muchacho vuelve a negar, «¡Vaya! Qué tenemos aquí: a una debutante» el muchacho siente una extraña humillación.)

De nuevo a darse de narices contra la realidad: el amanecer en su azul borrascoso, la plaza de armas tiritando en su limpieza gélida, nuevamente el carruaje es calabaza. No se me quitaba de la cabeza lo ridículos que nos veíamos embriagados y vestidos de mujer en esa decadencia duermevelas. Ya entrada la tarde comimos comentando nuestra “gran hazaña.”

-¿Qué hacías bailando tanto tiempo con ese rosquete?- Me preguntó Esteban

-Qué quieres que haga, se enamoró de mí –

-¿Así? muy rica tú.

-Para que veas.

-No te preocupes si después de anoche descubriste que te gusta la cochinada, igual te voy a querer.

-¡Nada de eso!, ya me conoces, yo tranquilo nomás, no soy tan cacheril como tú,… ah, no me has contado ¿cómo te fue con la gringa?

-No sabes cholo, ¡qué rico es cachar vestido de mujer!

-Como cincuenta veces me has dicho lo mismo.

-¡Es que es rico pues! si me dabas más tiempo me tiraba a toda la discoteca, vestirme de mujer me hace sentir que me puedo tirar a todo lo que se mueve ¿raro no?

-No es del todo raro, créeme, no es del todo raro.

Una semana después nos despedimos, sabíamos que pasaría mucho tiempo antes que nos volvamos a ver, pero igual nos prometimos repetir nuestra aventura, que de lejos era la cosa más sublevada que había hecho en mi vida, le di las gracias, textualmente: por ser tan hijo de puta.

-(« ¡Vamos!, Si no es para avergonzarse, ¿cómo te llamabas? », el muchacho responde nervioso: «Madame Bovary», «bueno Madame, sabes que desde que te vi me di cuenta, por eso te acepté el precio, bastante alto por cierto, tómalo con calma».)

«¿Qué vas a hacer solo?» preguntó mamá, «¿solo?» dije, «sí, solo» dijo, «nada» dije, «cómo que nada» dijo; algo debí decir, ella debió creerme, «cuídate hijito», volví a mentir, no me puedo cuidar en tan perniciosa compañía, la propia. Una idea no muy saludable iba creciendo como un amasijo entre los dedos hasta hacerse tan grande que se escapo de mis manos, una idea, una mirada de reojo al closet, imaginando el vestido y la peluca que duermen en su interior, una idea que desaparece y se transfigura en hechos, como un despertar en un lugar extraño; primero el tanteo, los resquemores, boquita pintada, traje y peluca pero sólo dentro de la casa, mas la influencia de la ropa dilataba mis pupilas como una droga de fácil efecto y sumamente adictiva, y en lo concerniente de las adicciones no hay medias tintas; decidí salir y fingirme un puto de esquina, un travestido malvendido ¿será peligroso? ¡Claro, es peligrosísimo!, pero las adicciones no entienden de peligros.

-(«Para mí no es fácil estar con una chica como tú ¿me entiendes no?, tengo esposa e hijos» el hombre comienza a fumar, le ofrece un cigarrillo, el muchacho lo rechaza «pero si lo intentas te voy a tratar bien, es más, estoy seguro que te va a gustar».)

Madame Bovary caminaba con regia altanería, las calles de Belén y San Pedro que destejían su trama infatigable de comercios y cuentas eran los testigos de su garbosa silueta de princesa de calzada que reclamaba al paisaje que la aceptara. Así fue. Todo resumía una exquisita decadencia, adentrándose en la interacción con los viandantes, ella experimentó las miradas, los piropos, las metidas de mano, las cotizaciones (no ajenas al regateo) todo no sin miedo, por aquí la homofobia goza de buena reputación, pero el miedo que en su otra vida lo frenaba en esta la arrojaba decidida a preguntarle a cualquier muchachito lánguido: «¿servicio joven?», mas no a los de aspecto fiero, de ellos se escondía tras su peluca para que no descubran la verdad de su género. Muchos chicos huían espantados de su propia curiosidad, uno volvió y sonriendo beatíficamente se atrevió a preguntar:

-Y tú por… por.

-¿Por cuánto?

-sí, por cuánto.

-Por tratarse de ti, cincuenta soles.

-¿Cincuenta soles? Pero si la chica de la otra esquina cobra quince.

-Entonces anda donde ella si no te parece que los valgo.

-Claro que los vales, pero no tengo tanto dinero.

-Puedes ahorrar, voy a estar un buen tiempo por aquí, no gastes tus quince soles con las otras, verás que no te vas a arrepentir.

Sabía que iba muy lejos, mas todo lo tenía controlado, y claro, no quería llevar el juego hasta el límite.

-(«Mira, no tengo más tiempo», el hombre lo inquiere con impaciencia, «si te arrepentiste dilo y me voy», el muchacho le dice que no con la cabeza, el hombre con cierta prisa lo sujeta de los hombros, le da vuelta y le levanta la falda, el pulso del muchacho se acelera hasta los extremos del vértigo, otra vez el sonido metálico de las hebillas, y ahora algo nuevo, una prominencia caliente le roza las piernas, «no voltearé jamás», pensó; un pánico galopante se apodera de él «¡no, deténgase!»)

Se vistió como cada noche, ya era una semana desde que sus fantasías expropiaron la calle, esta vez era especial, esta vez será la última; al día siguiente regresaría a Arequipa a moldear en polvo la rutina. La calle con sus primeras ráfagas de frío le repetían: «eres de aquí». Ella sentía que nada podía alterar el orden de su reino, sí, también sentía que esas penumbrosas aceras eran su reino « hasta donde llega la vista» se decía. Pero reino, mundo y todo se vinieron abajo en segundos; dejó escapar un «¡ay!» a la vez que un auto frenaba en seco, era un hombre de rubia arrogancia el que manejaba un mercedes de negra soberbia.

-¡Hola!

-Hola- contestó quebradiza.

-No había visto chicas como tú en el Cusco, tu presencia es señal de progreso.

Madame Bovary agradeció sintiéndose tonta.

-Y, ¿por cuánto?

-Por doscientos.

-Es mucho- la miró de pies a cabeza- pero creo que los vales, sube.

Calló el telón de la comedia, la calzada le exigía compromisos mayores, ella no estaba dispuesta a asumirlos pero no supo decir que no, en realidad no supo que hacer, regresó el muchacho y también se sintió perdido, la calle que le parecía exótica y bizarra se volvió tenebrosa, ya no era el, ya no era ella, «vamos, no lo pienses tanto, sube» nunca podría explicárselo por qué, pero subió.

(-No te preocupes, ¿me devuelves el dinero? ojalá mañana quieras.

-No lo creo, repuso el muchacho.

-Ya veo, dijo el hombre acomodándose el saco.)

Un latido por paso y la prisa que se anegaba en su parsimonioso andar «ya se va, ya se va» y ya se iba, su porte atlético cruzaba el umbral de la puerta, se iría y sería sólo recuerdo y quién sabe si no me arrancaría una sibilina sonrisa acordarme de esta noche, pero se volvió con una agilidad que parecía ajena a su contextura descargándome un puñetazo que me puso las estrellas a la altura de los ojos; el miedo y el dolor subyacieron al asombro, desde el suelo musitando una rabia muda miré desconcertado por última vez su rostro que expresaba una bondad luciferina.

-Lo lamento mucho- dijo sacando veinte soles de la billetera- espero que esto sea suficiente, ¿te parezco malo? No sabes, podría ser peor, podría ser malo en verdad ¿sabes lo que hago? Les hago pasar un mal rato a maricas como tú, eso me deja tranquilo,… sin rencores, ¿no? -se volvió sobre sus pasos- realmente fue un gusto conocerte, Madame….

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