cusco pone


creo en la gente
decente
decencia es por ejemplo
una vez que escogiste
por las cuatro de la tarde
en el davory
un helado de chirimoya
y otro de cherry

Luis Hernandez

Señaló una película

-Viste ésta
-No
-Está en algo
-¿Ah sí? Bueno, contabas
-¿En qué íbamos?
-Tu noche de copas, tu noche loca o, mejor dicho, tu noche de locas.
-Jaja huevón
-Dieron las 12 y terminaste tu cerveza apurado, como si un picor maligno agilizara tus movimientos. Luego, después de mirar tu cel y, cual Cenicienta, echaste patitas hacia la afantasmada noche cusqueña
-Huachafo de mierda.

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corazón de calzada


Alguna vez las escuché mientras me arrancaban del calor de mamá, esas palabras; las escuché y aun las escucho dentro de una puerta de tiempo que de vez en cuando se abre «¡no lo besen mucho!», «¡no lo engrían, que es un hombre!», esas viejas palabras de negación, las viejas palabras que están en mi yo ya hombre, en mi actual negación, en mi instinto de conservación; las palabras que en un vértigo de miedo, risa y estupidez olvidé.

-(El hombre abre la puerta, lo invita a pasar, él entra tímidamente.)

Mi infancia fue un páramo en lontananza, un vaivén de amigos y adioses, y las legumbres del lunes para la buena suerte; de la primaria, periplo de sotanas y soledades, a la secundaria, intento de fuga que se quedó en el intento. Todo marchaba con su natural calma y tempestad hasta el impreciso día que la voz de mamá me presento por primera vez una incertidumbre «nos vamos a vivir a Arequipa». Y fue así, la quietísima Arequipa tan arraigable, me desarraigó; del Cusco sólo me quedaron algunas imágenes, los parientes, las llamadas telefónicas, y por supuesto algunos reencuentros.

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