cami


mi flaca preciosa
mi china linda
mi cami deliciosa
quien te quiere más que nadie
en todo el mundo
dime quien

mi amor de mi vida
que seria de mí
tu papi gansito
si no estuvieras tú

tuve miedo
te pido perdón
no me creía capaz
de estar ahí para ti
pero me quede
y ahora mi china
moriría sin ti

estas lágrimas
este orgullo
esta alegría
todo esto mi china preciosa
te lo debo a ti
a tu mami
y a dios

no pudiste irte
te quedaste con tu mami
no pude irme
me quede esperándote
y ahora mi china
soy tan feliz
gracias a ti

y mi vida seria nada
nada de nada
si no estuvieras tú

no te vayas nunca cami
quédate conmigo
porque yo sin ti
no podría vivir

ruego a dios que te cuide
te bendiga y te ilumine
con la luz de la felicidad
que tú me diste a mí

no te vayas nunca ardillita
porque yo sin ti
no podría vivir

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Mientras ellas duermen


Cuando era joven y vivía en Lima, quería irme a vivir a Madrid. Soñaba con vivir como un escritor en esa ciudad. No sabía qué escribir ni cómo escribirlo -aun ahora no lo sé-, pero pensaba que, de todas las vidas posibles que se abrían en mi imaginación, la del escritor en Madrid era la más fascinante y prometedora, la mejor de todas. Sin embargo, no me atrevía a irme de Lima porque me pagaban bien en la televisión -o eso creía yo entonces- y nunca encontraba tiempo para escribir. Además tenía buenos amigos con los que fumaba marihuana y jugaba fútbol, y esa me parecía una buena razón para no irme nunca. Me tomó varios años reunir dinero y coraje -más dinero que coraje, en realidad- para decirles a mis jefes en la televisión que no renovaría el contrato y me tomaría un año sabático en Madrid. Me preguntaron qué haría allá. Voy a estudiar, dije. Pero yo no quería estudiar. Lo que quería era escapar de Lima y ser un escritor. Llegué a Madrid en pleno invierno. Había vendido mi auto y el departamento de la calle Pardo. Todos mis ahorros estaban a salvo en una cuenta bancaria fuera del Perú, de la que podía disponer desde Madrid. Conseguí un cuarto en la calle Mediterráneo, no muy lejos del Retiro. Compré un cuaderno y me obligué a escribir todas las mañanas en una biblioteca pública. Así empecé mi primera novela. Por fin había cumplido mi sueño en cierto modo. Vivía en Madrid y me sentía un escritor. No sabía si las cosas que escribía en ese cuaderno tenían algún valor, si alguien sería tan imprudente como para publicarlas, pero era feliz caminando todas las mañanas a la biblioteca, inventándome otras vidas frente al cuaderno y disfrutando de esa gran ciudad en la que podía perderme como uno más, sin soportar el peso opresivo de la mirada de los otros, una condena que me había impuesto en Lima desde que comencé a salir en televisión a los dieciocho años, sin saber en qué casa de putas me metía. Pasaron seis meses y me aburrí o me asusté de seguir siendo un escritor en Madrid el resto de mi vida. Pensé que nadie publicaría las cosas que escribía en el cuaderno. Mis ahorros se veían diezmados mes a mes en la pantalla del cajero automático del que retiraba todavía pesetas. Me parecía imposible no sólo publicar una novela en España sino ganarme la vida como escritor. Además, mi visa de turista estaba por expirar, no quería quedarme como ilegal y tampoco tenía el coraje para buscar un trabajo cualquiera. Mi sueño de ser un escritor en Madrid entró en crisis. Aquella fue la primera vez que se me hizo evidente algo que luego se repetiría sin cesar: que siempre quería estar en un lugar distinto del que estaba. Ya no me sentía un rehén en Lima, me había emancipado de las servidumbres de esa ciudad a la que había aprendido a odiar, por fin había cumplido el sueño de vivir en Madrid como un escritor. Sin embargo, me daba miedo el futuro incierto que se perfilaba en el horizonte y era más feliz imaginando mis días en otra ciudad. Entonces empecé a soñar con vivir en Miami y ser un hombre famoso de la televisión. Llegué a Miami con una novela a medias en el cuaderno que había abandonado y la certeza de que no sería difícil triunfar en el mundo de la televisión. Conseguí un departamento, compré un auto, firmé un contrato con un canal de televisión y gasté en trajes y corbatas el dinero que hubiera gastado en medio año de vida austera en Madrid. No tenía dudas de que la buena fortuna premiaría mi audacia. No sería un escritor, o no todavía, pero eso no me preocupaba, pues lo que entonces resultaba impostergable era ser muy famoso y ganar mucho dinero, aunque no supiera bien por qué o para qué. Contrariamente a mis optimistas previsiones, el programa que hice en Miami duró pocos meses y fracasó. Era una copia esperpéntica de los programas de medianoche de la televisión norteamericana. Mi sueño de ser rico y famoso se hizo polvo. Tuve que devolver el departamento, vender el auto, empacar los trajes y las corbatas coloridas y volver a Lima con la vergüenza de un doble fracaso, el de la novela inconclusa en Madrid y el programa fallido en Miami. De vuelta en Lima, no encontré otra salida para redimirme de esas derrotas que volver a desafiarme en el carnaval de la televisión. Esta vez, sin embargo, el azar no me fue esquivo y el público, esa bestia caprichosa, me acompañó sin que hubiera una sola razón para ello. Conseguí un departamento en Barranco, compré un auto que mis amigos decían que parecía el de un ministro y volví a la conveniente rutina de intoxicarme para escapar de una vida, la mía, que me parecía fea, triste, mediocre, la vida de un pusilánime sin talento, de un payaso sin gracia. Lo que me salvó de resignarme a esa suerte fue el cuaderno con la novela a medias que había escrito en Madrid. Cuando lo abría y releía, algo ardía en mí, una fiebre me consumía, renacía un cierto coraje por escapar de ese destino que me parecía despreciable y precipitarme otra vez a la aventura de ser un escritor, aun sin saber si aquel cuaderno tenía algún sentido o si alguien se animaría a publicarlo. Gracias a ese cuaderno, a los sueños que encerraba, pude escapar nuevamente de Lima. Dejé el programa de televisión que en el fondo detestaba, devolví el departamento con vista a la plaza, vendí el auto de ministro y fui siguiendo a mi chica hasta Washington, donde ella me había prometido que me cuidaría para que pudiera terminar la novela del cuaderno. Y así fue. Esa chica, que es hoy la madre de mis hijas, y que duerme en el cuarto de al lado mientras nuestras hijas duermen en su cuarto, una contenta con su nuevo perrito blanco, la otra cansada de bailar tanto en la fiesta de quince de la que la fui a buscar a medianoche, esa chica me llevó a Washington y me cuidó como nadie me había cuidado hasta entonces y durante tres años me obligó a escribir hasta el final, sin miedo, la novela del viejo cuaderno de Madrid. Gracias a ella, a la chica que duerme a pocos pasos de donde escribo, pude por fin atrapar ese sueño que perseguía a tientas desde joven, la idea de ser un escritor, de ver publicadas las cosas culposas y afiebradas que una voz me dictaba y que tenía que contar aun a riesgo de perder en ese empeño desquiciado la reputación o la vida misma. Con los años, nada ha cambiado demasiado. Sigo imaginando que la felicidad está en otra parte. Cuando estoy en Miami, tratando en vano de ser el hombre famoso de la televisión, sueño con mudarme a Buenos Aires a vivir la buena vida del escritor. Cuando estoy en Buenos Aires, entregado a ciertas pasiones inconfesables o confesables sólo en las novelas, sueño con pasar dos años en Madrid sin tomar un solo avión, ensimismado en la rutina egoísta y gloriosa del escritor. Y cuando estoy en Lima, como ahora, sueño con escapar de nuevo, con buscar en otros lugares las pasiones y aventuras que sé que esta ciudad me negará. Pero hay algo que ha cambiado, y es la certeza de que, no importa donde esté, siempre trataré de seguir escribiendo a pocos pasos de donde duermen las tres mujeres que más amo, las tres mujeres que hicieron de mí todo lo poco que soy.

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