el miedo y las seis de la tarde


El miedo nos conoce desde siempre,

nos cierra los ojos y nos muestra el camino.

Emma Constance

El teléfono la despertó de su siesta que ya se estaba extendiendo más de lo previsto. La agradable conversación telefónica concluyó con una serena carcajada que se despintó de su cara el momento que volteó hacia la ventana y vio que el sol se moría. Miró a todas partes y el silencio confirmó todos sus temores. Estaba sola. Sola en el crepúsculo de la tarde, sola en la hora mas difícil del día, de toda su vida. Recordó las infinitas tardes de miedo, recordó el miedo y lo volvió a sentir como un gas paralizante, comoun hormigueo que le subía por todo el cuerpo. Comenzó a temblar con el corazón latiéndole a la velocidad de un motor fuera de borda, sin freno, sin tregua, sin piedad.

Cinco minutos después seguía petrificada. En un acto autómata, se apoyó con los hombros a la pared y se deslizó hasta sentarse en el suelo. Se puso a esperar llorando, como cuando era una niña, que alguien la rescate de esa tenue oscuridad; que alguien prenda esa luz artificial. Rezó; rezó para que ese alguien sea su madre. Arrojaría sus llaves como siempre, la besaría en la cabeza, como siempre, traería algo dulce para el lonche y después junto a ella y frente al televisor olvidaría por completo la razón del llanto anterior.

El precipitoso sonido de unas llaves la regresó del recuerdo, del miedo, de todo lo que la inmovilizaba. Se levantó, prendió las luces, se secó las lágrimas y fue hacia la cocina por un vaso con agua. En el camino ensayó una atropellada justificación que le daba lo mismo que sea convincente o no: -No amor, no pasó nada, tengo algo de frío nada más…

Cusco 2004

Relgis